El peneca 1931



El peneca Zig Zag nº 1931
Cortesía de Elías Luna.
Muchas gracias .

El peneca. Entre la realidad y la ficción Porque la vida real, la vida verdadera, nunca ha sido ni será bastante para colmar los deseos humanos. Y porque sin esa insatisfacción vital que las mentiras de la literatura a la vez azuzan y aplacan, nunca hay auténtico progreso. La fantasía de que estamos dotados es un don demoníaco. Está continuamente abriendo un abismo entre lo que somos y lo que quisiéramos ser, entre lo que tenemos y lo que deseamos. Pero la imaginación ha concebido un astuto y sutil paliativo para ese divorcio inevitable entre nuestra realidad ' limitada y nuestros apetitos desmedidos: la ficción. Gracias a ella somos más y somos otros sin dejar de ser los mismos. En ella nos disolvemos y multiplicamos, viviendo muchas más vidas de la que tenemos y de las que podríamos vivir si permaneciéramos confinados en lo verídico, sin salir de la cárcel de la historia. Los hombres no viven sólo de verdades; también les hacen falta las mentiras: las que inventan libremente, no las que les imponen; las que se presentan como lo que son, no las contrabandeadas con el ropaje de la historia. La ficción enriquece su existencia, la completa, y, transitoriamente,los compensa de esa trágica condición que es la nuestra: la de desear y sofiar siempre más de lo que podemos realmente alcanzar.

El peneca 1906



El peneca Zig Zag nº 1906
Santiago de Chile , 23-VI-1945
Cortesía del señor Elías Luna.
Muchas gracias.

El peneca. La ficción como refugio y apoyo.
¿ Qué confianza podemos prestar, pues, al testimonio de las obras literarias sobre la sociedad que las produjo? Eran esos hombres así? Lo eran, en el sentido de que así querían ser, de que así se veían amar, sufrir y gozar. Esas obras no documentan sus vidas sino los demonios que las soliviantaron, los sueños en que se embriagaban para que la vida que vivían fuera más llevadera. Una época no está poblada únicamente de seres de carne y hueso; también, de los fantasmas en que estos seres se mudan para romper las barreras que los limitan y los frustran. La ficción en una obra menor literaria como El peneca no es tampoco gratuita , ya que llenan las insuficiencias de la vida. Por eso, cuando la vida parece plena y absoluta y, gracias a una fe que todo lo justifica y absorbe, los hombres se conforman con su destino, la literatura y su lectura no suelen cumplir servicio alguno. Las culturas religiosas producen poesía, teatro, rara vez grandes novelas. La ficción es un arte de sociedades donde la fe experimenta alguna crisis, donde hace falta creer en algo, donde la visión unitaria, confiada y absoluta ha sido sustituida por una visión resquebrajada y una incertidumbre creciente sobre el mundo en que se vive y el trasmundo. Además de amoralidad, en las entrañas de las libros, revistas , historietas, anida cierto escepticismo. Cuando la cultura religiosa entra en crisis, la vida parece escurrirse de los esquemas, dogmas, preceptos que la sujetaban y se vuelve caos: ése es el momento privilegiado para la ficción. Sus órdenes artificiales proporcionan refugio, seguridad, y en ellos se despliegan, libremente, aquellos apetitos y temores que la vida real incita y no alcanza a saciar o conjurar. La ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos. Lo que quiere decir que, a la vez que aplacan de forma transitoria la insatisfacción humana, las ficciones también la azuzan, espoleando los deseos y la imaginación .
Mario Vargas Llosa.

El peneca 1898




El peneca Zig Zag nº 1898
Cortesía del señor Elías Luna.
Muchasgracias.

El peneca. Alivio y nostalgia del ser.
En la obra literaria, ya se trate de un género mayor como la novela , o de un género menor como len la revista El peneca , la vida es una ficción , un simulacro en el que aquel vertiginoso desorden se vuelve orden: organización, causa y efecto, fin y principio. La soberanía de una obra literaria no resulta sólo del lenguaje en que está escrita. También, de su sistema temporal, de la manera como discurre en ella la existencia: cuándo se detiene, cuándo se acelera y cuál es la perspectiva cronológica del narrador , del guionista y dibujante para describir ese tiempo inventado. Si entre las palabras y los hechos hay una distancia, entre el tiempo real y el de una ficción hay siempre un abismo. El tiempo literario es un artificio fabricado para conseguir ciertos efectos psicológicos. En el peneca se dan esas transposiciones del tiempo , en él el pasado puede ser posterior al presente -el efecto preceder a la causa , como en ese relato de Alejo Carpentier, Vide a la semilla, que comienza con la muerte de un hombre anciano y continúa hasta su gestación, en el claustro materno; o ser sólo pasado remoto que nunca llega a disolverse en el pasado pr6ximo desde el que narra el narrador, como en la mayoría de las novelas clásicas; o ser eterno presente sin pasado ni futuro, como en las ficciones de Samuel Beckett; o un laberinto en que pasado, presente y futuro coexisten, anulándose, como en El sonido y la furia, de Faulkner. .Las historias literarias tienen principio y fin y, aun en las más informes y espasmódicas, la vida adopta un sentido que podemos percibir porque ellas nos ofrecen una perspectiva que la vida verdadera, en la que estamos inmersos, siempre nos niega. Ese orden es invención, un añadido del escritor , simulador que aparenta recrear la vida cuando en verdad la rectifica. A veces sutil, a veces brutalmente. Esa es la verdad que expresan las mentiras de las ficciones: las mentiras que somos, las que nos consuelan y desagravian de nuestras nostalgias y frustraciones. ¿ Qué confianza podemos prestar, pues, al testimonio de las obras literarias sobre la sociedad que las produjo? Eran esos hombres así? Lo eran, en el sentido de que así querían ser, de que así se veían amar, sufrir y gozar. Esas mentiras no documentan sus vidas sino los demonios que las soliviantaron, los sueños en que se embriagaban para que la vida que vivían fuera más llevadera. Una época no está poblada únicamente de seres de carne y hueso; también, de los fantasmas en que estos seres se mudan para romper las barreras que los limitan y los frustran. Las mentiras de las novelas no son nunca gratuitas.

El peneca Zig Zag nº 1859


El Peneca Zig Zag nº 1859
Cortesía de Elías Luna.
Santiago de Chile, 29 de Julio de 1,944


El peneca y el límite de la palabra .
Un sentimiento de alivio, de desahogo y libertad absoluta se experimenta al abrir las páginas de El peneca ; atrás queda la vasta soledad anterior del lector donde el hombre vive , con los granos de arena que golpean el rostro en el silencio del desierto. Allí donde el lenguaje es potente, capaz de acceder a una realidad más plena, aparece el narrador como lugar inteligente , trono de la conciencia y del pensamiento. Y aunque se trata de una sencilla revista literaria, el lector de El Peneca en contacto con su literatura se funde con su verbo , con el magnetismo que éste libera. La catarsis de un lector sentado plácidamente en su butaca, ser catasténico , sedentario, motor inmóvil que se deja llevar , fusionar con la seducción, el hipnotismo de la palabra escrita. Sobrecoge la sencillez , la honestidad de los textos escritos ya hace tantos años ,autodescubrimiento que el lector experimenta en la fusión con las sencillas narraciones y que suponen respuestas de una mente acogotada por este mundo tecnológico. El Peneca expresa su magia no ya a través de conceptos y abstracciones, sino por medio de sensaciones. La comunión del lector con la palabra escrita se asemeja al pasaje de Saint Exupéry en el que el piloto y la tormenta se vuelven uno . Esa experiencia , esa invitación donde la palabra escrita ya no sirve, es algo muy personal , trasciende al texto, ese campo imaginativo que el texto no contiene : el piloto se ha fundido con la potencia vital de la tormenta; vitalidad que no podrá ser plasmada en ninguna frase o relato, porque las palabras suponen una petrificación de la experiencia; no son ya la fuerza en acto de lo vivido, las palabras son el recuerdo ordenado de la permanente metamorfosis del espíritu.

El peneca Zig Zag nº 1861


El Peneca Zig Zag nº 1861
Santiago de Chile , 12 de Agosto de 1944
Cortesía del señor Elías Luna.




El peneca y el poder órfico. Acercar lo lejano y alejar lo cercano es el hecho íntimo que se produce al zambullirse en la lectura . El poder órfico nos acerca los personajes ficticios, gentes de alma perdida como elfos, duendes, hadas y nos aleja lo seres o cosas ingratas de nuestra vida rutinaria.
Los cuentos hablan de un tiempo en que el mundo, cada árbol, cada piedra, tenía una presencia tan singular como indescifrable. De un mundo habitado, sí, pero también abierto y ajeno. Toda la naturaleza está llena de gente invisible. Algunos de ellos son feos y grotescos; otros, traviesos o malintencionados , muchos tan hermosos como nadie haya jamás soñado, y los hermosos no andan lejos de nosotros cuando caminamos por lugares espléndidos y en calma. Como nadie haya jamás soñado. Pero ¿cómo podemos imaginar lo que nunca se vio ni pudo, por tanto, soñarse? Tenemos que instalarnos en el corazón de las cosas. Pero, ¡ojo!, "esconderse allí es temblar, / los cuernos de los cazadores resuenan / en el bosque congelado. / Pero el vacío es calmoso, / lo podemos atraer con un hilo / e inaugurarlo en la insignificancia". Las palabras y las criaturas de los cuentos son ese hilo. Nos prometen la compañía insuperable, la conversación en una gruta del bosque, el juego en el río con los seres de las corrientes, el encuentro con los elfos de la luz, que son las criaturas más delicadas que existen. . Son los descendientes de aquellos niños que Eva escondió de la mirada de Dios: un pueblo perdido que siguiera buscando en el mundo un lugar donde quedarse. Les gusta estar a nuestro lado y asistir a nuestras locuras, como si guardáramos algo precioso que somos los primeros en desconocer. De ese pueblo de almas perdidas hablan todos los cuentos que existen. Pobre del que no se detenga a escucharlos: nunca tendrá nada interesante que contar a los demás.

El peneca Zig Zag nº 1863


El peneca Zig Zag nº 1863
Santiago de Chile , 26 de Agosto de 1944. Cortesía de Elías Luna.
Muchas gracias.


El peneca y la simplicidad de las cosas .

El cambio es siempre cambio. Ninguna vida nueva ocupa viejos cuerpos. Los cuerpos viejos se pudren. La vida es lo que nace, crece y florece. Los hombres intentan reanimar patéticamente lo antiguo, y por eso lo toleran y soportan. ¿Por qué limitarnos a embalsamar? ¡Abandonemos ya los ungüentos y los sudarios, y vayamos en busca de un cuerpo naciente! En las antiguas catacumbas de Egipto podemos comprobar el resultado de tal experiencia. No ignoramos su fin. Creo en la simplicidad. Es asombroso y triste ver cómo hasta el hombre más sabio ocupa sus días en asuntos triviales, creyéndose obligado a relegar a último término cuestiones más importantes. Si un matemático desea resolver un problema difícil, comienza por despojar a la ecuación de toda dificultad, reduciéndola a su más simple expresión. Simplifiquemos el problema de la existencia, y distingamos lo necesario de lo real. Sondeemos la tierra para ver dónde corren nuestras raíces-madres. Yo quisiera basarme siempre en los hechos. ¿Por qué no ver, por qué no servirnos siempre de nuestros propios ojos? ¿O es que los hombres no saben ni conocen nada? Sé de muchas personas, difíciles de ser engalladas en asuntos comunes, muy recelosas de una mala jugada, que disponen mesuradamente de su dinero y saben como gastarlo, que gozan fama de cautos y listos, y que sin embargo consienten en pasarse gran parte de su existencia como cajeros entre las cuatro paredes de un banco, hombres que hoy brillan un poco, para enmohecerse mañana y finalmente desaparecer. Si son realmente capaces, ¿por qué hacen lo que están haciendo? ¿Saben bien lo que es el pan, y para qué sirve? ¿Tienen noción del valor y significado de la vida? Porque si supieran algo, ¡qué pronto olvidarían lo que ahora les interesa!

(THOREAU)

El peneca Zig Zag nº 1865


El Peneca Zig Zag nº 1865
Santiago de Chile , 9-IX-1944
Cortesía del Señor Elías Luna.




El peneca como reencuentro con el pasado .
¡Adiós mis amigos! Mi camino desciende por aquí en la montaña, por otro lado el de ustedes. Desde hace tiempo los veo cada vez más lejos de mí. Un día desaparecerán del todo. De aquí a poco tiempo mi senda me parecerá solitaria sin su compañía. Las praderas serán landas estériles. No cesa de palidecer mi recuerdo. El camino que recorro se estrecha y endurece, la noche está cada vez más próxima. Pero en el porvenir, nuevos soles se alzarán, llanuras inesperadas se extenderán ante mí, y hallaré nuevos peregrinos que tendrán en sí la virtud que descubrí en ustedes, que serán ellos mismos la virtud que eran ustedes. Me someto a esta saludable y eterna ley, que reinaba en aquella primavera en que los conocí, que reina en esta primavera en que me parece que los pierdo. Amigos de antaño, vuelvo a visitarlos como quien marcha entre las columnas de un templo en ruinas. Ustedes pertenecen a una época, a una civilización, a una gloria, hace tiempo extintas. Sus armoniosas líneas aún se distinguen, a pesar de las convulsiones sufridas y de los chacales que rondan las ruinas.
Vengo a reencontrar el pasado, a descifrar sus inscripciones, los jeroglíficos, los manuscritos sagrados. Ya no encarnamos mucho nuestro yo antiguo. El amor es una sed que nada sacia. Bajo la corteza más grosera se oculta la carne más delicada. Si deseas comprender a un amigo, aprende a leer a través de una materia más opaca y espesa que el cuerno. Si deseas comprender a un amigo, todos los idiomas te resultarán fáciles. El enemigo se descubre. Hay en él una amenaza de guerra. En cambio el amigo no descubre jamás su afecto. Advierto una vez más la ventaja que tiene para el poeta, para el filósofo, para el naturalista y para todos nosotros, entregarnos de tiempo en tiempo a una ocupación diferente de nuestra ocupación habitual, y mirar, por así decir, de soslayo a las cosas. El poeta tendrá así visiones que ninguna inspiración voluntaria haría nacer. El filósofo deberá admitir principios que no le habrían revelado largos estudios y el mismo naturalista posaría su vista sobre una flor desconocida o sobre un animal imprevisto y nuevo.

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